El asesino silencioso

01/12/2016

Por: Hanns Soledispa 

Profe, una pregunta— pronunciaba el niño que parecía haber estado distraído durante la clase. El acento de los capitalinos siempre le había causado algo de gracia al profe, pero desde que se enteró que se quedaría en un aula para toda la vida, sus enormes orejas se fueron acostumbrando a las muchas formas de hablar de los niños de su país.

—Dime— Se interrumpía a si mismo el profe. En fracciones de segundos desviaba sus ojos hacia el extremo del pizarrón, observando todo lo apuntado, pensando falsamente así prever lo que se estuviera cuestionando el niño. ¿Habría cometido algún error en la multiplicación? ¿En la división? ¿Se habrá saltado algún paso? Y es que las matemáticas son tan exactas que equivocarse es tan fácil como acertar.

Si había alguna duda de las distracciones juguetonas del niño, bastaba mirarlo para confirmarlo. Los huesos de su espalda habían dejado de arrimarse en donde se suponen que deben estar mientras se encontrasen encerrados en la escuela, y lucía desparramado, como si las ganas de salir huyendo lo estuviesen halando de los pies.

Permanecieron en silencio unos breves segundos, pero a nadie le importaba, pues el aula yacía en el sopor del encierro infantil. El niño que interrumpió la clase se acomodaba los ojos por debajo de sus lentes, y su bostezo podría haber devorado a su compañero posterior.

El profe había explicado parsimoniosamente la conversión de números fraccionarios a porcentajes. Lo hizo paso a paso, y procurando ilustrar con aparente gracia, la triste ciencia matemática, tal y como lo aprendió él mismo alguna vez. De eso se trataba todo, de repetir una y otra vez en el pizarrón, y así generación tras generación.

El niño de la pregunta suspendida no había puesto reparos en dichas operaciones matemáticas, mas su interrogante era ese despampanante dibujo hecho con dos círculos opuestos, separados por una línea inclinada, sí, ese mismo, el signo del porcentaje. El niño de la pregunta sabía que lo había visto en algún otro lado.

—Profe, yo he visto ese signo en otro lugar— Ésta vez se interrumpía el silencio, y las palabras trituraban el aire alrededor de las orejas del profe de manera más grave que la primera interrupción.

El ruido distraído hizo su pináculo cuando el profe imaginaba que el niño había visto el signo porcentual en alguna de las tiendas del centro comercial “lleve al 40% de descuento”. Qué fácil será explicarle al niño que a veces las tiendas de todos los tamaños procuran bajar sus precios, sí, cobrar menos, a desconocidos clientes, no por empatía, ni por justicia social, sino porque también les beneficia. En algún punto del comercio, cuando los intereses del vendedor se alinean con los del comprador, sucede magia, y todos ganan. Ser comerciante está en la naturaleza humana, lo habían hecho nuestros aborígenes, que junto con el trueque sobrevivieron a millones de años de darwinismo.

Pero no era eso a lo que se refería el niño distraído, tal vez porque de ello ya sabía la respuesta, o porque poco le interesaba, o quizás era una duda más que había preferido guardar para después, o para nunca. El niño reclamaba saber qué significaba aquel “I.V.A.: 25%” que había visto en las nobles tareas de la curiosidad infantil, husmeando en una factura de sus padres el día anterior.

Por la puerta semiabierta entró el acre olor de un homicidio, el profe lo supo al sentir aquel frio glacial en la punta de sus marcadores. ¿Cómo se le ocurre al niño preguntar eso? Ya nadie se hacía ese tipo de preguntas. Todos aceptaban afables que había que tributar el 25% de cada compra y de cada venta, en pos de un amor cívico no correspondido.

Ya hace varios años que a algún gobernante se la había ocurrido que cada vez que alguien comprara algo o vendiera algo, debería obligatoriamente destinar un porcentaje para el erario. Quién sabe si alguien se habría enfadado por aquel mandato semidivino, no habría modo de saberlo, y es que el IVA era tan antiguo que parecía que hubiese venido en promoción con el pecado original.

¿Cómo explicarle a un niño que por cada cuatro caramelos que compra, solo podrá comerse tres? Ya todos se habían resignado a que ello fuere así, simplemente trabajaban para el erario, sin cuestionamientos, como si estuviesen muertos, muertos por dentro, si los hubiesen asesinados silenciosamente, como si el IVA los hubiese matados.

—Muy buena pregunta mi amigo— la trémula voz del profe aparecía—, déjame terminar de resolver este ejercicio y te la respondo luego.

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