El banco peligroso

20/07/2017
Gabriela Calderón de Burgos

La dolarización funcionó en el país sin crisis generalizada entre 2000-2014 sin que el Banco Central del Ecuador (BCE) esté encargado de gestionar la liquidez, y entre 2000-2009 sin que las autoridades económicas obligaran a los bancos a repatriar cada vez más fondos.

Antes del 2009 cada institución financiera distribuía sus activos líquidos entre Ecuador y el exterior como consideraba más conveniente en cuanto a seguridad y rentabilidad. Algunos lo habrán hecho mejor que otros, pero el riesgo lo asumía individualmente cada institución. Antes de 2014, asimismo, cada institución gestionaba su respectiva liquidez de manera descentralizada.

Pero como la revolución no concibe que nada fuera del Estado funcione bien, centralizó la gestión de una porción considerable de la liquidez en un solo mercado financiero —Ecuador— y en un solo agente— el BCE. Cuando se argumentó que esto no convenía pues era como poner al ratón a cuidar el queso, se nos dijo que ellos gestionarían mejor la liquidez, esto es, la Reserva Internacional (RI). Debemos recordar que la RI está compuesta de fondos que no le pertenecen ni al BCE ni al gobierno, sino a sus depositantes.

Con el Código Orgánico Monetario y Financiero (COMF) aprobado en 2014, el BCE adquirió nuevos poderes, entre los cuales se encuentra aquel de gestionar la activos líquidos de otros e invertirlos —según le ordene la “Super Junta” dependiente del Ejecutivo— en activos que solo el mismo gobierno considera líquidos. Y así fue que desde ese entonces se ha venido dando un “manejo alegre” del BCE como dice el ex miembro del directorio de dicho banco, Marcos López.

El BCE se ha ocupado de atender las necesidades de liquidez del gobierno, incluso poniendo en riesgo la estabilidad del sistema financiero. Cuando no lo ha hecho de manera directa, lo ha hecho mediante una triangulación: el BCE le presta a alguna institución financiera del Estado (CFN, Banecuador, CONAFIPS) con el argumento de fomentar la producción y el empleo, pero luego esta institución se da la media vuelta y le presta al gobierno. López dice que alrededor del 85% de los fondos prestados a la banca pública terminaron en las arcas del gobierno central.

Otra consecuencia del comportamiento irresponsable del BCE es que se han restringido los créditos en el sector privado, pues los bancos prestarían más si no verían que el BCE dispone alegremente de sus reservas. Finalmente, el gobierno sigue concentrando gran parte de los fondos prestables del país, recursos que seguramente serían mejor utilizados en inversiones privadas.

Esto tiene un límite: la cantidad de recursos que existan en la RI. Al 13 de octubre de este año los pasivos exigibles del BCE, es decir, todo lo que el BCE le debe a los dueños de la RI, solo estaba cubierto en un 21%. Podrá mejorar brevemente con los nuevos créditos externos, pero dada la continuación del abultado gasto esperamos que pronto vuelva a esa precaria cobertura.

En dolarización, no es necesario un banco central y el nuestro ha demostrado no solo ser innecesario sino también peligroso. Mejor sería que se limite a administrar museos, que lo hacía mejor, y deje de poner en peligro al sistema financiero y de obstaculizar el crecimiento.

Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 18 de octubre de 2017.

Autor

Gabriela Calderón de Burgos es editora de ElCato.org, investigadora del Cato Institute y columnista de El Universo(Ecuador). Se graduó en el 2004 con un título de Ciencias Políticas con concentración en Relaciones Internacionales de la York College of Pennsylvania y en 2007 obtuvo su maestría en Comercio y Política Internacional de George Mason University. Desde enero del 2006 ha escrito para El Universo (Ecuador) y sus artículos han sido reproducidos en otros periódicos de Latinoamérica y España como El Tiempo (Colombia), La Prensa Gráfica (El Salvador), Libertad Digital(España), El Deber (Bolivia), El Universal (Venezuela), La Nación (Argentina), El Diario de Hoy (El Salvador), entre otros. Es autora del libro Entre el instinto y la razón (Cato Institute / Paradiso Editores, 2014). 

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