El motor de la riqueza: Ideas, no capital

6/12/2017
Deirdre McCloskey

La burguesía comerciante- la clase media de negociantes, inventores, gerentes, emprendedores y vendedores, el inventor de los materiales de fibra de carbono, el contratista que remodela tu baño, el diseñador de automóviles en la ciudad Toyota y el proveedor de especies en Nueva Delhi. Todos son lo contrario a la idea de lo que llamo la “clerecía” de artistas e intelectuales.

El grandemente enriquecido mundo moderno no fue creado con causas materiales, como el ahorro, el capital, las exportaciones, la explotación, el imperialismo, los derechos de propiedad o incluso la buena ciencia; las cuales han sido esparcidas por el mundo entre generaciones y culturas. Fue creado por ideas desde y sobre la burguesía. Por una explosión después de los 1800 de ideas técnicas y unos pocos conceptos institucionales. Respaldados por un masivo cambio ideológico hacia el mejoramiento probado en el mercado, a gran escala por primera vez en el noroeste europeo.

Construido en Ideas

Lo que nos hizo ricos fueron las ideas respaldadas en el sistema engañosamente llamado “capitalismo” moderno. Llamado así desde el año de las revoluciones políticas europeas en 1948. Sin embargo deberíamos llamarlo “Mejoramiento tecnológico e institucional a un ritmo frenético, probado en el intercambio voluntario entre las partes involucradas” o “fantásticamente exitoso liberalismo, en el sentido de la vieja Europa, aplicado tanto al comercio y a la política como a la ciencia y la música o la pintura y la literatura”. La versión más simple es el “progreso a base de comercio”. ¿O tal vez “innovacionismo”?

El gran mundo enriquecido no puede ser explicado en una forma más profunda que por la acumulación de capital, sin importar lo que los economistas (desde el bendecido Adam Smith hasta Thomas Piketty pasando por Karl Marx) hayan pensado, y como la misma palabra “Capitalismo” parece implicar. La palabra engloba un error científico.

Nuestra riqueza no proviene de apilar ladrillo sobre ladrillo, título universitario sobre título universitario o balance bancario sobre balance bancario, proviene de apilar idea sobre idea. Por su puesto que los ladrillos, los títulos universitarios y los balances fueron necesarios, pero también lo fueron la fuerza laboral, el agua y la fuerza del tiempo. El oxígeno es necesario para los incendios, pero no por ello se le atribuye la explicación del incendio de Chicago. Hay más factores a los que se les podría culpar como la madera de la que están construidas las casas, un viento fuerte del suroeste, una sequía o incluso los inmigrantes si uno tendría desdeños con ellos.

De manera similar, el mundo moderno no puede ser explicado a través de rutinas de apilamiento de ladrillos, tales como el comercio en el océano Índico, la banca inglesa, canales, las tasas de ahorro británicas, el tráfico de esclavos, carbón, recursos naturales, explotación de trabajadores en molinos nefastos o la acumulación de capital físico o humano en ciudades de Europa. Aquellos medios materialistas son demasiados corrientes en la historia del mundo y nada atractivos como explicación.

El resultado de las nuevas ideas ha sido un mejoramiento gigantesco desde 1848 para los más pobres como varios de sus ancestros o de los míos. También ha sido una promesa que ahora se esta cumpliendo para los pobres de China e India, con los mismos resultados que en el resto del mundo. Es la manera de que los pobres entre nosotros logren el enriquecimiento.  Casos previos de prosperidad incrementaron intermitentemente su ingreso real per cápita al doble o incluso al triple, un 100 o 200 por ciento solo para caer de vuelta a los miserables $3 diarios típicos de la humanidad desde las cavernas. Sin embargo el enriquecimiento incrementó el ingreso real per cápita, a pesar de un aumento en la población, por un factor de siete, desde un 2500 a 5000 por ciento.

El americano promedio ahora gana $130 diarios; en el resto de países de la OCDE, los ciudadanos tienen ingresos de $80 a $110 diarios. La magnitud de este desarrollo es magnífica. Economistas e historiadores no tienen una explicación lo suficientemente satisfactoria para esto. Es hora de repensar nuestras explicaciones materiales sobre economía e historia.

El mejoramiento del espíritu

Contrario a lo que varias voces de izquierda y derecha proclaman, el enriquecimiento tampoco ha llegado a costa del espíritu.  Es cierto, ¿ganaría un hombre que ganó el mundo entero y perdió su propia alma?

No obstante, las riquezas en nuestras vidas actuales permiten que las sagradas y significativas virtudes de la esperanza, la fe, y el amor trascendente por la ciencia, la medicina, el soccer o Dios se acumulen más que las profanas y prácticas virtudes de la prudencia y templanza que son necesarias entre las personas que atraviesan condiciones de pobreza extrema. H.L. Mencken, comentó en 1917 sobre la gran fortuna de Jennie Gerhardt y la hermana Carrie que con el aumento del deseo de seguridad y del miedo a la comodidad, surge un afinamiento de las percepciones, un aumento de las simpatías, un despliegue gradual de esa delicada flor que llamamos simpatía, una mayor capacidad para amar y vivir.

Estas ideas sobre el mejoramiento surgieron en el noreste de Europa de una novela de libertad y dignidad que fue lentamente extendiéndose a todos los plebeyos (es cierto que aún estamos trabajando en el proyecto), entre ellos los burgueses. La nueva libertad y dignidad desembocaron en una revalorización sorprendente por parte de la sociedad del comercio y el mejoramiento en el cual se especializaba la burguesía.

Esta revalorización derivó no se una superioridad ancestral de los europeos sino de accidentes igualitaristas en sus políticas como las reformas de Lutero y la constitución americana y francesa en 1789. El idealista Richard Rumbold, enfrentando su ejecución en 1685, declaró: “Estoy seguro que ningún hombre nació marcado por Dios para estar encima de otro; ya que ningún hombre vino con una silla de montar en su espalda, nadie esta destinado a montarlo”. De entre las personas que se reunieron para burlarse antes de su ejecución, pocos hubieran estado de acuerdo, pero un siglo más tarde, muchos lo estarían y por ahora casi todos lo estamos.

Junto con la nueva equidad vino otra idea revolucionaria, contrarrestando la regla aristócrata de la planificación central: el “tratado de la burguesía”.  En el primer acto se deja a una burguesa que pruebe en el mercado su mejoramiento propuesto, como marcos de ventana, electricidad de corriente alterna o un pequeño vestido negro. Con cierta irritación, ella acepta como parte del segundo acto la condición de que algunos competidores sin duda de baja calidad imiten su éxito bajando los precios de las ventas, la electricidad y los vestidos. Pero si la sociedad le permite en el primera acto, enriqueciéndola por un tiempo, entonces en el tercer acto la recompensa del trato es que ella hará ricos a todos. Eso es lo que sucedió en ese entonces y es lo que sucede desde 1848 hasta el presente.

En otras palabras, lo que importaba eran dos niveles de ideas: las ideas para el mejoramiento en sí (el motor eléctrico, el aeroplano, el mercado de acciones), fraguadas en las mentes de nuevos emprendedores provenientes de rangos comunes y ordinarios; por otro lado, estaban las ideas en la sociedad en general acerca de esas personas y sus mejoras; en una palabra: liberalismo, en todo menos en el sentido americano moderno. El mejoramiento probado en el mercado, el enriquecimiento, fue en sí mismo causado por una versión de igualdad de la ilustración escocesa, una igualdad de derechos legales y dignidad social que convirtió a Tom, Dick y Harriet en potenciales innovadores.

Estas declaraciones son controversiales. Son como puede ver optimistas. Por razones que no logro entender completamente, la “clerecía” después de 1848 se tornó hacia el nacionalismo y el socialismo y en contra del liberalismo. Llegó para deleitarse con los catecismos pesimistas en constante expansión sobre la forma en la que ahora viven nuestras sociedades liberales, ya sea el pecado la falta de templanza entre los pobres de la época victoriana o un exceso de dióxido de carbono en la atmósfera actual. Uno podría contrarrestar el pesimismo, o al menos los focos principales, teniendo fe en las utopías anti-liberales del momento, que han demostrado ser inmensamente populares. Prohibición. Ambientalismo radical. Los libros pesimistas y utópicos del clero han vendido millones.

Pero en el siglo XX, los experimentos de nacionalismo y socialismo, de sindicalismo en fábricas, la planificación central de la inversión y la proliferación de regulaciones para las imaginarios imperfecciones del mercado simplemente no funcionaron. Además, la mayoría de los escenarios pesimistas acerca de como vivimos ahora han demostrado estar equivocados. Sin embargo persisten, en el Senador Sanders y Trump, en Jeremy Corbin en Reino Unido y Le Pen en Francia, y en las formas menos sensacionalistas de la opinión pública de la gente a través del espectro político a cerca de libertad y dignidad.

No Hay Necesidad de una Planificación Central

En el siglo XVIII, ciertos miembros de la élite intelectual, como Voltaire y Thomas Paine decidieron muy valientemente abogar por la libertad en el comercio y por la dignidad que esta conlleva en la búsqueda del progreso No obstante durante la década de 1830 y 1840, una cleresía conformada mayormente por hijos de padres burgueses, comenzaron a despreciar las libertades económicas y la dignidad social las cuales sus padres habían ejercido vigorosamente.

El lado conservador de la clerecía, influenciado por el movimiento romántico, miró hacia atrás con nostalgia hacía un medio evo imaginado libre de la vulgaridad del comercio, una era dorada sin mercado donde la renta y el estancamiento de la jerarquía prevalecieron. Tal visión de una época dorada pasada encajaba bien con la visión de la derecha en la clase dominante, gobernando a los simples residentes. Después bajo la influencia de la ciencia, la derecha aprovechó el darwinismo social y la eugenesia para devaluar la libertad y la dignidad de las personas comunes y corrientes y elevaron los objetivos de la nación por encima de las libertades individuales, recomendando, por ejemplo, el colonialismo, la esterilización obligatoria y el poder purificador de la guerra.

Mientras tanto en la izquierda los intelectuales radicales y las élites también influenciadas por el romanticismo y posteriormente por su propio materialismo científico, desarrollaron la anti liberal idea de la que las ideas no importan. Lo que importa es el progreso, la izquierda declaró, es el inevitable rumbo de la historia, ayudado (declaró posteriormente, contradiciendo la supuesta inevitabilidad) por editoriales, protestas, reclamos o revoluciones dirigidas a la voraz burguesía. Por supuesto tales acciones deben ser manejadas por los propios intelectuales.

Posteriormente, en el progresismo americano y el socialismo europeo, la izquierda propuso derrotar los monopolios de la burguesía en el azúcar, la carne y el acero organizándose bajo regulación, sindicalismo, planificación central o colectivización de los monopolios, sumergiéndolos en otro monopolio supremo llamado el Estado. En 1965 , el liberal italiano Bruno Leoni (1913-1967), observó que “la creación de los monopolios gigantes y generalizados es [dicho por la supuesta izquierda] precisamente un tipo de remedio para los llamados monopolios privados.

Mientras todo este pensamiento profundo se enrolaba en la clerecía europea, la burguesía comercial, despreciada por la derecha y la izquierda y también por muchos en el medio, todos ellos atraídos por el romance de obras como el Mein Kampf y el “Que Hacer” de Lenín, crearon el enriquecimiento y el mundo moderno, probando que el darwinismo social y el marxismo económico estaban errados.

De igual manera las genéticamente inferiores razas, clases y etnias demostraron no serlo. Ellos demostraron ser creativos. El proletariado explotado no fue denigrado, fue enriquecido.

En su entusiasmo por los materialistas pero profundamente erróneos pseudo-descubrimientos del siglo XIX, nacionalismo, socialismo, utilitarismo benthamita, malthuasianism, positivismo comteando, neo-positivismo, positivismo legal, romanticismo elitista, hegelnialismo invertido, freudianismo, phrenología, homofobia, materialismo histórico, comunismo, anarquismo de izquierda, comunitarismo, darwinismo social, racismo “científico”, racismo histórico, imperialismo teórico, apartheid, eugenismo, pruebas de signficancia estadística, determinismo geográfico, determinismo de género, institucionalismo, coeficientes intelectuales, ingeniería social, regulación progresiva, servicio cameralista civil, las reglas de los expertos el cinismo acerca de la fuerza ética de las ideas, el clero perdió su compromiso anterior con un pueblo común libre y digno. Olvidó el descubrimiento social principal y comprobado del siglo XIX: los hombres y las mujeres ordinarios no necesitan ser estimulados o planeados desde arriba, y cuando son honrados y abandonados se vuelven inmensamente creativos. "Contengo multitudes", cantaba el poeta democrático y estadounidense. El lo hizo.

El gran enriquecimiento, en resumen, surgió de una retórica novedosa, pro-burguesa y antiestatista que enriqueció al mundo. Es, como dijo Adam Smith, "permitir que cada hombre [y mujer] persiga su propio interés a su manera, sobre el plan liberal de igualdad, libertad y justicia".

*Este artículo fue originalmente publicado en Inglés en FEE y traducido al español para el IEEP por Juan Martín Salvador Viera

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