Hipocresía, frivolidad o ignorancia

02/12/2016

Por: Gabriela Calderón Burgos 

Uno de los principales líderes de la izquierda ecuatoriana, el expresidente Rodrigo Borja, dijo ante la muerte de Fidel Castro que se ha ido “su amigo, su referente” causando “una pérdida irreparable”. Paco Moncayo, candidato a la presidencia por la Izquierda Democrática, dijo que “ha ocupado y ocupará un lugar preponderante en la historia del mundo”. El candidato del oficialismo, Lenin Moreno, se refirió a Castro como “el comandante de la dignidad”. El canciller Guillaume Long habló en un comunicado oficial acerca de “avances sociales que hacen de Cuba, hoy en día, referencia regional y mundial”, y se refirió a Castro como un “héroe de la lucha antiimperialista mundial”. El presidente Correa dijo que “murió haciendo honor a su nombre”. Para ser justos, también importantes líderes de la derecha ecuatoriana han admirado a Fidel, quien en vida confesó llevarse muy bien con León Febres-Cordero. Lamentablemente, muchos políticos coinciden en ignorar la crueldad perpetrada por Fidel Castro contra miles de víctimas de su dictadura.

Esta no es una mera opinión. Desde que se inició la dictadura hace más de medio siglo y aunque el régimen totalitario ha logrado engañar a muchos por mucho tiempo, la verdad de todas maneras se ha filtrado. El Archivo Cuba, dirigido por María Welau y cuyo vicepresidente es el economista Armando Lago de la Universidad de Harvard, ha logrado documentar la muerte de 10.723 víctimas del régimen de los hermanos Castro. Dentro de esas víctimas documentadas, se encuentran 94 menores de edad. Allí están incluidos los tres niños Lazo, quienes murieron en 1971 en el mar intentando escapar de Cuba, luego de que la marina cubana atacara su balsa. Su madre murió siendo devorada por tiburones. También está contada allí Lilian González López, que fue asesinada a los 3 años de edad junto con otras 51 víctimas de la masacre en el río Canimar, en 1980. Ángel Abreu murió a los 2 años de edad junto con otras 32 víctimas en la masacre del Remolcador en 1994.

Además está el espeluznante informe ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de 1967, en el cual se denuncia la exigencia a prisioneros de “donaciones” de sangre para poder gozar del derecho a visita de sus familiares. El informe agrega que en 1966:

“166 cubanos civiles y militares fueron ejecutados y sometidos a los procesos médicos de extracción de sangre, a razón de un promedio de 7 pintas por persona. Esta sangre es objeto de venta al Viet-Nam comunista a razón de 50 dólares por pinta con el doble objetivo de proveerse de divisas-dólares y contribuir al esfuerzo de la agresión comunista del Viet-Cong... Una vez que le ha sido extraída la sangre es conducido por dos milicianos, integrantes del pelotón de ejecución, en camilla, al lugar de ejecución, donde es ultimado a tiros”.

No existe fin alguno, aun así sea deseable, que pueda justificar lo mencionado en párrafos anteriores. Peor aún si la revolución tuvo el tremendo costo de convertir a la Cuba que era en los años cincuenta, una de las naciones más desarrolladas de Iberoamérica, en una de las más atrasadas. 

*Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 2 de Diciembre del 2016.

Autor

Gabriela Calderón de Burgos es editora de ElCato.org, investigadora del Cato Institute y columnista de El Universo(Ecuador). Se graduó en el 2004 con un título de Ciencias Políticas con concentración en Relaciones Internacionales de la York College of Pennsylvania y en 2007 obtuvo su maestría en Comercio y Política Internacional de George Mason University. Desde enero del 2006 ha escrito para El Universo (Ecuador) y sus artículos han sido reproducidos en otros periódicos de Latinoamérica y España como El Tiempo (Colombia), La Prensa Gráfica (El Salvador), Libertad Digital(España), El Deber (Bolivia), El Universal (Venezuela), La Nación (Argentina), El Diario de Hoy (El Salvador), entre otros. Es autora del libro Entre el instinto y la razón (Cato Institute / Paradiso Editores, 2014). 

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