Instituciones y caudillos

23/10/2017
Fabian Corral

Aquello de “las instituciones” es un concepto confuso; es asunto sobre el que todo el mundo habla y casi nadie entiende. Los lugares comunes han generado una nube de equívocos en torno al tema, al punto de haberse convertido en palabra devaluada y en relleno precario del folletín de la democracia.

Las instituciones son estructuras autónomas respecto de los hombres del poder, son modos de ser que nacen espontáneamente en las sociedades, “herramientas culturales” que se generan para resolver el problema de la convivencia. Son instituciones: la propiedad, la familia, el Derecho, las iglesias, el Estado, etc. Se trata de sistemas de reglas con reconocimiento social y fuerza moral. Las instituciones son hijas de la cultura, y por eso, son una especie rara en tierras donde prolifera la mala yerba de los hombres fuertes.

La creencia, tan difundida, de que el poder político es atributo personal del jefe, o una especie de “magia de la dominación”, es uno de los graves equívocos que conspiran contra el Estado de Derecho, entendido como la estructura racional de las libertades. Esa creencia es rezago del más remoto pasado. El poder institucional es lo opuesto al poder personal de cualquier jefe de partido. Por eso, si aquella idea antiquísima sobre las jefaturas rige en una sociedad, es casi imposible que la idea y la vivencia de “las instituciones” supere el mentiroso enunciado de las constituciones que se han convertido el vestuario a la medida del caudillo de ocasión.

Las instituciones prosperan cuando hay civilización política, cuando la población participa de la creencia de que ni el poder, ni la razón, ni la justicia, son atributos de los iluminados. Prosperan cuando se renuncia al providencialismo de los revolucionarios y a la idea de que hay “dictadores buenos” o que tienen derecho a gobernar hasta el fin de los tiempos, al estilo de los Castro. La identificación de la legitimidad con la posibilidad de dar órdenes a los súbditos sin respetar límites, es la negación de las instituciones, que son canales de relación con la sociedad y el poder. La identificación de la legitimidad con la inspiración de un hombre, es también su negación.

La República es lo más distante de la fuerza carismática de un líder, de su magia. Es lo contrario al caudillismo, y es incompatible con los procesos de “personalización” del poder, de allí que sea nota esencial de la democracia la alternabilidad. Para ilustración de los que especulan sobre la idea de los “derechos” de los hombres fuertes, hay que enterarse: el más agudo elogio del caudillismo lo escribió Francisco Javier Conde, ideólogo falangista, en su “Teoría del Caudillaje”, texto que convirtió en doctrina aquello de que el caudillo es profeta, santo político y ser providencial, refiriéndose, claro está, al generalísimo Francisco Franco, “caudillo de España por la gloria de Dios”.

*Este artículo fue originalmente publicado en El Comercio
 

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