La batalla (perdida) de las humanidades

08/12/2017
Fernando Balseca

En el diario madrileño El País del 1 de diciembre, Carlos García Gual, experto en los clásicos y flamante miembro de la Real Academia Española, dice que “la batalla de las Humanidades es una batalla perdida porque a los gobernantes no les interesa la formación cultural de la gente. Van a lo rentable, que la gente estudie para sacar un oficio, ganar dinero, producir y consumir. Que los ciudadanos sean más tontos o más listos les da igual. Las Humanidades abren un horizonte mental. Lo de hoy es un retroceso en literatura, historia, en todo lo que tiene carácter universal”. Los políticos, pues, pueden ser nefastos.

García Gual está acusando a los gobernantes españoles y europeos, pero sus afirmaciones involucran a los dirigentes de todo el mundo. En el Ecuador, ¿qué proponen los gobiernos nacionales y locales para cimentar la formación cultural de las personas? Con García Gual habría que coincidir en que acá tampoco interesa que los ciudadanos sean informados o ignorantes siempre que voten por el político de turno y crean en sus malabares ideológicos. El correísmo –con su concepción tecnocrática de la vida y la perversión mental de que todo debe alinearse con el plan del buen vivir– contribuyó a destruir las humanidades.

Durante el correísmo merecieron apoyo económico especialmente aquellos jóvenes que se inclinaron por profesiones técnicas, mientras que el estudio de las humanidades fue relegado como algo que la sociedad no necesitaba. Ese vaciamiento del pensar y del espíritu tal vez fue una de las causas por las que Rafael Correa ganó tantas elecciones. Y es que las humanidades obligan a razonar y proveen argumentos para tomar resolver fundamentadamente. En los colegios y en las universidades también se vive un retroceso de las humanidades que hace creer que quien quiera ser ingeniero es mejor que quien quiera ser profesor.

El italiano Nuccio Ordine, en su reciente libro Clásicos para la vida: una pequeña biblioteca ideal (Barcelona, Acantilado, 2017), vuelve a alertarnos que “ninguna profesión puede ejercerse a conciencia si las habilidades técnicas que exige no se insertan dentro de una formación más amplia, capaz de orientar críticamente las decisiones y, sobre todo, de favorecer la construcción de una conciencia civil”. La responsabilidad sobre la pérdida del horizonte humanista es de los gobiernos, pero también de quienes se han ido acomodando a las demandas del poder, entre ellos, muchísimos rectores universitarios.

Quien vaya a la universidad debería primero querer hacerse mejor persona, mejor ciudadano: eso significa ser un buen profesional. Y para ello se necesita de la historia, la literatura, la antropología, las artes, la sociología… Un país que desatiende las humanidades es un país a medias. Como pide Ordine, “la escuela y también la universidad deberían sobre todo educar a las nuevas generaciones para la herejía, animándolas a tomar decisiones contrarias a la ortodoxia dominante. En vez de formar pollos de engorde criados en el más miserable conformismo, habría que formar jóvenes capaces de traducir su saber en constante ejercicio crítico”.

*Este artículo fue originalmente publicado en El Universo

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