La valentía venezolana

28/11/2016​

Por: Jorge Chuya 

Son las 5 de la mañana de un 16 de noviembre, y me preparo para mi viaje a Caracas. Lo único que se me cruza por mi cabeza son las imágenes televisivas de la penosa situación que vive ese país. Estoy consciente de que no es sencillo decidir tomar un vuelo hacia allá en estos momentos; incluso, mi madre me advierte que quiere que regrese a casa en una sola pieza. Necesito ver la situación de Venezuela con mis propios ojos, quiero que la realidad de más de 30 millones de personas, sea mi realidad por, al menos, unos días.

Estoy en el aeropuerto, y lo primero que me encuentro es a una persona pidiéndome ayuda. Es una mujer venezolana, que me pide -casi hasta rogándome- que le ayude a llevar comida en mi maleta. Sus maletas tenían sobrepeso, y no quería dejar nada. Creo que, si una persona te pide ayuda de manera sincera, extenderle la mano es lo menos que puedo hacer por ella. Accedí a ayudarla, lo que metía en mi maleta eran tarros de mayonesa, harina, café e incluso comida para su perrita. Lo que sería un día normal de compras para mí, era una travesía de más de cinco horas para ella. Al llegar me abrazó muy fuerte, como quien abraza a un ser querido después de no verlo por mucho tiempo. Su agradecimiento se volvió un momento efímero que guardaré toda mi vida.

Mi cabeza no para de dar vueltas, y me pregunto: ¿Cómo se puede vivir así? ¿Cómo puedes mirar a tus seres queridos a los ojos y decirles que hoy no pudiste conseguir comida? ¿Cómo sobrevives en una tierra donde te han quitado todo, menos la esperanza?

Durante el trayecto hacia la que será mi residencia por los próximos días, noto una larga fila alrededor de lo que parece una pequeña tienda. Un amigo me explica que esa debe ser una panadería; las personas suelen levantarse muy temprano a hacer fila para comprar pan, ya que generalmente no les venden más de dos a cada uno. También me comenta que el salario mínimo está por los 30 mil bolívares, más los tickets de alimentación que debe entregar cada empresa a sus trabajadores, hacen un total de aproximadamente 90 mil bolívares. Lo que, si transformamos en dólares serían menos de $100 al mes. Otra amiga me cuenta que no ve mucho a su padre entre semana, pues él trabaja doble turno para poder mantener a su familia mes a mes.

Pienso que es mejor dejar a un lado tantas historias tristes, y enfocarse en aquellas de esfuerzo, sacrificio. Pues, hay que ser muy valientes para vivir en Venezuela. Todos aquellos que conocí son jóvenes que se encuentran luchando por su futuro, y por no dejar que la tierra que los vio nacer caiga más en el abismo. Muchos me decían: “Jorge, tengo miedo de lo que pueda pasar conmigo, y mi familia, pero yo quiero quedarme aquí luchando porque este es mi país, y lo amo”. Qué bueno que sientan miedo, pues solamente ahí es cuando se llega a ser valiente.

Estuve poco tiempo, pero de Venezuela me traigo grandes amigos, corazones ardientes, y sueños mágicos. Ver a tantos jóvenes con las ganas de luchar, me dice que Venezuela no caerá. La paz, la libertad, y la prosperidad pronto llegarán al país… y yo habré conocido a muchos de los que lo hicieron posibilidad.

Por la libertad -Sancho-, se puede y debe aventurarse la vida.

Autor

Jorge es estudiante de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad Casa Grande de Guayaquil. También es Coordinador Local de Estudiantes Por la Libertad. Se unió al IEEP en septiembre del 2015, y actualmente se desempeña como Coordinador del Departamento de Investigaciones.

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