Libertario

06/01/2017

Por: Alfonso Reece Dousdebés

Cuando oigo a un político, especialmente si está de candidato, decir cosas tales como “mi ideología es solucionar las necesidades del pueblo” o cualquier otra muletilla que le permita sostener que no tiene ideología, sé que estoy ante un descarado, capaz de acomodarse a cualquier viento que sople. La ingeniosa frase de Groucho Marx, “estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”, le queda como sombrero de charro. En cambio, si alguien se me presenta como seguidor de determinada ideología, significa que tiene una propuesta y que es una persona de quien podemos esperar determinadas acciones. Siempre que sus ideas no impliquen acciones violentas, lo respeto.

Por supuesto que una ideología no debe ser una camisa de fuerza. Esto vale también para los credos personales, el sostener ciertas ideas en determinado momento no significa haberse encasillado eternamente, es más, quien sostenga que “desde chiquito no he cambiado mi pensamiento”, evidentemente es alguien sin capacidad crítica. Aunque jamás tragué piedras socialistas, por supuesto que en la adolescencia tuve otra visión, que con los años, los libros y las buenas amistades se fue afinando, no me asusta decir que perfeccionando. Así, en un proceso paulatino y trabajado, que desde aquí incluso parece lógico, arribé hace unos veinte años a las playas del pensamiento libertario y por sus arenas he caminado estas décadas adentrándome en todos los matices, interpretaciones y detalles. Creo que permaneceré así hasta dentro de dos décadas, días más, días menos, en que descubra la verdad definitiva al atravesar la gran puerta de la muerte. Y digo que no cambiaré porque afortunadamente el pensamiento libertario es esencialmente antidogmático y sus principios deben ser todos los días sometidos al filtro de la racionalidad, de la coherencia y de la experiencia. Por esencia no hay ningún punto de la doctrina libertaria que no pueda ser demostrado falso, esa es justamente su garantía, no hay dogmas, no hay papas, no hay iluminados, no hay ortodoxia.

Gente “de lo más culta” malentiende penosamente el pensamiento libertario, siempre porque no se han dado la molestia de leer un texto que más o menos les explique de qué vamos. Si esto pasa con los “cultos”, ya pueden imaginar lo que pasa con los que no lo son. Entonces constituimos un grupo incomprendido, rechazados por las iglesias socialistas, pero más todavía por los “pragmáticos” conservadores y derechistas, para quienes nuestra presencia les resulta molesta, sobre todo porque solemos señalarles su incoherencia. Para un escritor o artista declararse libertario le significa cerrarse las puertas de instituciones y escenarios en los que campea lo que sus creyentes denominan progresismo. El libertarismo ecuatoriano todavía no tiene una organización definida, porque será muy difícil lograr una estructura que no ahogue la esencia crítica y revisable de nuestras ideas. Pero no es imposible. Mientras tanto, voy feliz en medio de este grupo de marginales, de creativos rechazados, de estudiosos parias. No solo son las ideas, es el espíritu que busqué siempre y ahora 2017 lo tengo más encarnado y vivo que nunca.

*Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 2 de Enero del 2017 .Para mayor información consultar http://www.eluniverso.com/opinion/2017/01/02/nota/5977435/libertario

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