Miedo a la Libertad

28/12/2018
Carlos Cobo

Hace unas semanas me encontraba en el Instituto Ecuatoriano de Economía Política conversando con Dorita de Ampuero, la dama de la libertad en el Ecuador, a quien agradezco por haberme inspirado a escribir este artículo. El tema de nuestra conversación era la educación en nuestro país, y las erradas ideas que se imparten acerca del manejo de la economía y la vida de los ciudadanos, en universidades tanto públicas como privadas. En algún momento de nuestra charla, me di cuenta que muchos de los jóvenes buscamos libertad e independencia y al mismo tiempo exigimos que sea el Estado el encargado de proveernos todo esto mediante la coerción a los demás. En el transcurso de nuestra conversación me pregunté: ¿Es acaso que nuestra educación nos enseña a temerle a la libertad individual y la responsabilidad?

Es por esto que escribo este artículo pensando en los miles de jóvenes que cada día salen a las calles a pedir intervención del gobierno, que salen de clase inspirados por ideas marxistas de la redistribución y la igualdad para todos, que realmente llegan a creer que podemos resolver todos los problemas de nuestra región por medio de decretos y gastando el dinero de los demás, que creen que la sociedad nos debe algo solo por existir y querer cambiar el mundo, que podemos pedir sin dar nada a cambio. A esos jóvenes, que buscan un mundo mejor, pero no quieren trabajar para lograrlo, solo quejarse, depositando la confianza en el Estado como responsable de nuestro bienestar y fuente inagotable de soluciones.

América Latina tiene arraigada una fuerte cultura colectivista y socialista, una educación envenenada por ideas Marxistas y Keynesianas, que poco o nada han cambiado en el tiempo, enseñándonos que somos egoístas por buscar el libre comercio y la libertad individual, y que es malo pedirle a los políticos que se ajusten el cinturón, que solo el gobierno parece hacer las cosas bien, defendiendo un Estado de Bienestar cada vez más grande, que a pesar de las buenas intenciones de ayudar a quienes no pueden valerse por sí mismos de forma inmediata, terminamos desmoronando la moral individual de responsabilidad sobre el que se basan las libertades individuales, para pasar la carga a los políticos de turno, quienes pagan las facturas con nuestros bolsillos.

¿Es acaso que nos negamos a aceptar la realidad? ¿Somos los jóvenes incapaces de ver que los graves problemas del mundo actual son la decadencia de instituciones estatales? Nuestra mala situación en la región se debe a los Estados Vampiros que, a pesar de no funcionar como deberían, ni cumplir con sus promesas,  continuamos reclamando más de ellos y esperando que puedan hacerlo sin considerar que su accionar nos resta incentivos para prosperar y salir adelante por nuestro propio esfuerzo.

Ya desde la revolución francesa Thomas Malthus criticaba cualquier tipo de ayuda indiscriminada a los pobres, alegando que no haría sino agravar el problema, por el incentivo que suponía para el crecimiento de la población. Para el siglo XIX los economistas clásicos creyeron haber encontrado una solución para ayudar a los pobres, proponiendo que el gobierno podría prestar un socorro siempre que el beneficio fuese menor que el salario más bajo del mercado, de esta manera no se perjudicaría el incentivo de buscar un empleo.

Bien sabían que el problema de estos incentivos es que resultan contraproducentes para los problemas que intentan solucionar, los beneficios prometidos no hacen más que fomentar las mismas necesidades en el resto de ciudadanos que antes no las necesitaban, contribuyendo a la decadencia de las virtudes personales.

Para desgracia de la humanidad, estas ideas no fueron  escuchadas. Ya en 1876 el canciller de Prusia Otto Von Bismarck, decidió introducir cambios para ayudar a los necesitados, ofreciendo servicios de salud, accidentes y jubilaciones, financiados por el Estado. El problema, es que a medida que estas ideas se llevaron a cabo, todos los países de la cultura occidental empezaron a replicar estos programas, dando como resultado una constante expansión de la actividad de los gobiernos con burócratas dedicados a los servicios sociales, los cuales crecen como parásitos en busca de rentas para sus potenciales beneficiarios, apropiándose del trabajo y esfuerzo de otros. 

Lo más triste, es que nuestra región no ha sido la excepción, a medida que el Estado de Bienestar funciona cada vez peor, y aumenta la dificultad por financiar estos servicios, las personas se rehúsan a pagar cada vez más impuestos, por lo que en vez de enfrentarnos con la realidad y aceptar que esta no es una solución viable para nuestros problemas, los políticos simplemente reducen disimuladamente los beneficios a los ciudadanos, y utilizan estas políticas intervencionistas como pretexto para más intervenciones en nombre de la justicia social.   

Acerca de esto, el escritor español Pedro Schwartz dice que: “El Estado de Bienestar es un jardín lleno de plantas venenosas. Su principio regulador es conceder plena libertad de goce a todos los individuos y protegerles de toda responsabilidad por las malas consecuencias de la indulgente forma de vida que han elegido. No me sorprende, pues, en absoluto la crisis que están atravesando la educación pública, la sanidad gratuita, la seguridad de los pensionistas, el trabajo protegido. Sacrificada la libertad en nombre del bienestar pronto acaba creando éste la insatisfacción de lo que nunca nos parece bastante” (Schwartz, 2006).

Y no se equivoca, parece que no recordáramos (y las universidades tampoco lo quieren enseñar) que el socialismo ha causado cerca de 100 millones de muertos, que los gobiernos de izquierda han sido un fracaso tras otro, y que en todo lo que intervienen los políticos se encuentra en estado deplorable, resultando en mercados laborales totalmente intervenidos, sistemas de seguro social lejos de ser lo que un ciudadano esperaría, servicios públicos nada eficientes, e instituciones dedicadas a regular la economía y la vida de los ciudadanos para beneficio de los más vulnerables, todos un desastre, que no hacen más que perjudicar la actividad comercial y aumentar impuestos.

La redistribución por medio de caridad estatal de servicios públicos gratuitos no es la mejor forma de combatir la pobreza. Si realmente queremos ayudar a los más necesitados, debemos hacerlo por medio del desarrollo económico que solo se da mediante los mercados libres y la defensa de la propiedad privada. El capitalismo es la única forma posible y probada, de lograr la economía social que tanto predican y esperamos los jóvenes.

Si tan bueno es el capitalismo, ¿Por qué se oponen algunos?, ¿Por qué nuestra educación y las universidades aceptan tan abiertamente las ideas equivocadas? Hay quienes tienen miedo a lo desconocido, hemos crecido acostumbrados a vivir bajo un Estado paternalista encargado de todas nuestras necesidades, hemos aceptado perder la libertad a cambio de un poco de estabilidad; otros, lo rechazan por el temor a perder los beneficios que reciben de la administración pública y que no pueden lograr con la libre competencia.

A mi también me enseñaron acerca del Keynesianismo, a gastar el dinero de los demás, a aceptar que el Estado puede regular la economía, que puede crear prosperidad  riqueza, y  por un momento en el tiempo, llegue a pensar que esas ideas podían ser verdad. Pero si buscaba libertad e independencia, no podía pedirle nada a un burócrata, sería una contradicción, estaba totalmente en contra de lo que yo creía, aprendí que no podía confiar en todo lo que enseñaban mis profesores y que la teoría socialista solo es perfecta en el papel y en el imaginario de quien decide creerlo sin mirar y aprender de la realidad.

Es por esto, que la próxima vez que salgamos a las calles a pedir que se nos escuche, que seamos respetados y tomados en cuenta en la toma de decisiones, la solución no es mediante la acción  del gobierno o ministerios y secretarías dedicados a evitar las consecuencias de nuestra irresponsabilidad, sino, tener como principal objetivo la defensa de la libertad individual. Es solo en una sociedad libre donde cada individuo tiene la potestad de elegir los medios que mejor le convengan para obtener sus fines y buscar su propia felicidad, lo que a su vez mejora las condiciones de toda la sociedad.

Bibliografía

López, F. (Agosto de 1993). El Papel del Estado en una Sociedad Libre . Ideas de Libertad . Guayaquil, Guayas , Ecuador : Instituto Ecuatoriano de Economía Política .

Schwartz, P. (2006). En Busca de Montesquieu, La Democracia en Peligro. Madrid: Encuentro.

 

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