Un acuerdo que logre comercio más libre siempre beneficiará a los más pobres

07/11/2016

Por: Milica Pandžić 

Existen muchos mitos alrededor de los acuerdos comerciales (y no se diga de los tratados de libre comercio). Tal como los griegos construyeron una extensa mitología alrededor de los fenómenos naturales que no podían explicar para poder calmar su inseguridad frente al mundo que los rodeaba, la izquierda se ha empeñado por hacer lo mismo y bajo las mismas condiciones: sin poder entender el fenómeno de los acuerdos comerciales, da explicaciones ficticias para poder calmar su conciencia y tratar de justificar su posición en contra.

Los mitos son variados y han logrado calar exitosamente en el imaginario colectivo. Entre todos estos mitos, el que genera mayor preocupación es el de la destrucción de la industria nacional. Las barreras de entrada, ya sea en aranceles o cuotas de importación, presuponen una protección a la industria, a los empleos y a la riqueza nacional, nos suelen decir. Los acuerdos comerciales nos despojan de esa protección, siempre a favor de la contraparte -quien, por estar en una mejor posición (tener más baratos y mejores productos) sale ampliamente beneficiada a costa nuestra.

Como todo mito, esto está lejos de ser verdad. En primer lugar, hay que derrumbar la idea que el comercio es un juego de suma cero. En una transacción comercial, ambas partes siempre salen beneficiadas. Si compro una fruta, el tendero se beneficia con mi dinero, pero yo también, al poder alimentarme. Si compro una computadora, la tienda de tecnología sale beneficiada, pero yo también porque gracias a esa computadora podré seguir produciendo (y seguir ganando dinero). Desde la adquisición de bienes de primera necesidad hasta la adquisición de los bienes más suntuarios, siempre existe un beneficio claro para las dos partes. Si no fuera así, la transacción simplemente no se llevaría a cabo.

Ahora, internacionalicemos el ejemplo: Si adquiero algún producto colombiano, peruano o chileno, es porque le encuentro algún beneficio que valoro más que el dinero que representa el precio al que lo estoy comprando. Como consumidora, me beneficio de esta compra, y el comerciante extranjero también lo hace. Pero claro, en esta ecuación, ¿dónde está el productor ecuatoriano? Seguramente acumulando pérdidas y cerrando su negocio, dirán los creadores de mitos. 

Cuando abrimos nuestras fronteras a productos extranjeros, ponemos a competir a nuestros productos. Los productos que entran a nuestro país lo hacen porque existe una demanda por ellos, y son muchas las razones por la cual esa demanda existe: porque los productos extranjeros son de mejor calidad, porque son más baratos o porque simplemente no se producen en nuestro país. Esta competencia alarma a los creadores de mitos, quienes (además de evidenciar que tienen cero confianza en la industria nacional) aseguran que esta ventaja de los productos extranjeros sobre los productos nacionales, llenará las perchas de los primeros y la industria nacional desaparecerá. 

Económicamente esto no es posible. Primero debe existir producción para luego existir consumo. Si yo como productora nacional no vendo y cierro mi negocio, no voy a tener los recursos para poder consumir ningún tipo de producto -ya sea nacional o extranjero-. Los productos extranjeros pasarán nuestra frontera siempre que exista capacidad adquisitiva, y esa capacidad adquisitiva solo se logra con producción nacional previa. La apocalíptica idea que la industria nacional desaparecerá frente a los productos extranjeros no sólo es equivocada sino totalmente irreal. 

Por otro lado, la competencia naturalmente posiciona a los mejores productos y saca del mercado a los peores. Esto pasa con competencia entre productos nacionales o entre productos nacionales y extranjeros. Sin embargo, existe un especial temor con la competencia extranjera y esto sucede porque es fácil advertir que en economías cerradas, existen industrias artificialmente creadas, las cuales mantienen en el mercado por la única razón que no existe competencia.

Es muy fácil como esto: Yo no tengo mayor talento para el canto lírico y sin embargo, quiero montar una ópera. Para que la gente considere ser espectador de mi show, que probablemente será malo, tengo que asegurarme que no existan mejores competidores, y por eso le pido al gobierno que le niegue la entrada a cualquier cantante lírico extranjero. Esto causa un perjuicio para las dos partes: yo no me estoy dedicando a algo en lo que realmente podría ser buena y con lo que podría generar aún más recursos, y los espectadores, si quieren asistir a la ópera, no tendrá nunca un show de óptima calidad. Mi mal show se mantendrá en el mercado por la única y sencilla razón que no existen mejores opciones.

La competencia sincera el panorama económico, y asigna los recursos de los consumidores a los productos que mejor satisfagan sus necesidades. Los productos siempre deben responder a sus consumidores. Si entran mejores productos por la frontera, nuestros productos deberán mejorar o abaratarse para seguir en el mercado. Si el negocio o la industria nacional no puede mantenerse, es porque no era verdaderamente productiva en primer lugar, y sólo se mantenía (está sí) a costa del consumidor que no podía encontrar mejores opciones.

Al encontrarse con productos mejores y especialmente más baratos, el consumidor sale ganando, pero especialmente el consumidor más pobre, al cual un costo más bajo, ya sea sólo en un par de dólares, le hace una diferencia abismal y le puede significar incluso el poder alimentarse (o no). Su calidad de vida mejora -una calidad de vida que el proteccionismo y los malos productores le habían estado negando- y no es la única pues a diferencia de lo que nos explican los mitos, la industria nacional también se beneficia. Por ejemplo, arroz extranjero más barato no sólo significa alimento más barato para el consumidor, sino un costo menor de producción para los restaurantes, lo que se traduce en más rentabilidad, más crecimiento y más posibilidad de empleo –lo que nuevamente se traduce en más posibilidades para los más pobres. El mismo ejemplo puede ser llevado a cabo con cualquier bien que forme parte de la cadena productiva, y que los acuerdos comerciales mejoren o abaraten en el mercado nacional.

Todo esto, visto desde nuestra perspectiva nacional. Pero como decía anteriormente, el comercio siempre beneficia a ambas partes. Un acuerdo que genere comercio más libre, reduciendo las barreras de entrada de los países contraparte, también ampliará el mercado de nuestros productos. Los acuerdos comerciales potencian nuestra capacidad de venta a la par de generar mayor innovación y mejores productos nacionales (empujada por la competencia interna) que conlleva a tener mayores posibilidades de exportación. Ecuador ya es un gran exportador de banano, de camarón, de atún y de rosas; y esto se da porque los consumidores extranjeros prefieren nuestros productos sobre sus productos nacionales. Ya sea por calidad o por precio, nuestros productos también está mejorando la calidad de vida de muchas personas en el extranjero, probablemente también la de los más pobres.

Autor

Abogada por la Universidad de Especialidades Espíritu Santo, especializada en Derecho Corporativo, Mercado de Valores y AML Compliance. Mención en Ciencias Sociales y Humanidades por el Institut d'Études Politiques de Paris (Sciences Po), Francia. Ex-Presidenta de Estudiantes por la Libertad en América Latina y Directora del Movimiento Libertario en Guayaquil, Ecuador. 

Además del ejercicio de la abogacía, se ha desempeñado como editora de contenido de varios portales y fue editora del libro “10 lecciones de Economía (que los gobiernos quisieran ocultarle)”. Escribe sobre derecho, política, cultura y arte, y sus columnas se han publicado en varios diarios y portales latinoamericanos.  

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