Una deflación conveniente

Muchos analistas consideran que la deflación es perjudicial. Una deflación es una disminución generalizada de los precios, es decir, lo contrario a una inflación. En nuestro contexto, una deflación sería beneficiosa debido a que corregiría distorsiones generadas por múltiples intervenciones del Estado a lo largo de la última década.

Un argumento es que la deflación desalienta el consumo y la producción. ¿Para qué voy a comprar algo hoy si sé que en algunos meses estará más barato? No obstante, el economista Jesús Huerta de Soto derriba este argumento con el ejemplo de los computadores y otros equipos electrónicos, cuyo precio no ha dejado de caer y no hemos dejado de comprar.

Otro argumento es que la deflación es mala puesto que encarece el pago de las deudas, precisamente cuando los ingresos de los deudores están cayendo. No obstante, lo que se verá es que caerá la tasa de interés nominal al caer uno de los componentes de la tasa de interés: la inflación. Es cierto que habrá empresarios a los cuales les costará más pagar su deuda que lo que les costó durante la época inflacionaria. Pero este no es el caso de todos los empresarios, sino particularmente de aquellos que realizaron inversiones que solo eran rentables en ese entorno inflacionario. En deflación hay empresarios que contratan créditos y que los pueden pagar porque tienen proyectos rentables en este nuevo entorno.

Para quienes extrañan una moneda nacional, este sería el momento en que supuestamente nos vendría bien tenerla para implementar una depreciación del tipo de cambio, puesto que esta produciría un ajuste más rápido y mantendría estables los precios internos. No obstante, el economista Juan Ramón Rallo señala que no es lo mismo una depreciación del tipo de cambio que una deflación interna de precios y que más bien conviene lo segundo.

Rallo dice que “cuando es la economía la que reajusta su estructura productiva y sus precios relativos, la empresa... eficiente sigue especializada en aquello que mejor sabe hacer y la empresa ineficiente se ve impedida a mejorar la calidad de lo que vende o a vender más barato...: es decir, hay algunos precios que se mantienen... y hay otros que caen”.

Las barreras al comercio y a los flujos de capitales y el incremento significativo del gasto público son todos factores que contribuyeron a hacer rentables muchos negocios, que no lo fueran en ausencia de esas distorsiones causadas por el gobierno. Asimismo, estos elementos contribuyeron a encarecer el costo de la vida para todos los ecuatorianos, desalentar inversiones y el crecimiento de la producción y el empleo en actividades que hubieran sido rentables en ausencia del intervencionismo.

Dicen que una deflación va de la mano con una recesión o depresión. Sin embargo, Huerta de Soto señala que el periodo de mayor crecimiento en la historia de EE.UU. –después de su guerra civil hasta los primeros años del siglo XX– coincidió con una deflación sostenida, producto de aumentos importantes en la productividad de esa economía.

Una deflación, en nuestro contexto, debería ser un gran respiro luego de una década de políticas que generaron grandes distorsiones en la economía y una significativa pérdida de competitividad. 

Autor

Gabriela Calderón de Burgos es editora de ElCato.org, investigadora del Cato Institute y columnista de El Universo(Ecuador). Se graduó en el 2004 con un título de Ciencias Políticas con concentración en Relaciones Internacionales de la York College of Pennsylvania y en 2007 obtuvo su maestría en Comercio y Política Internacional de George Mason University. Desde enero del 2006 ha escrito para El Universo (Ecuador) y sus artículos han sido reproducidos en otros periódicos de Latinoamérica y España como El Tiempo (Colombia), La Prensa Gráfica (El Salvador), Libertad Digital(España), El Deber (Bolivia), El Universal (Venezuela), La Nación (Argentina), El Diario de Hoy (El Salvador), entre otros. Es autora del libro Entre el instinto y la razón (Cato Institute / Paradiso Editores, 2014). 

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