CONSIDERACIONES A LAS PROPUESTAS DE RAFAEL CORREA PDF Print E-mail
Written by Carlos Burgos Jara   
Tuesday, 03 October 2006 14:49
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Es bastante triste, según veo en las últimas encuestas que ubican a Correa en el primer lugar, que el Ecuador vaya una vez más por el camino del hundimiento y el desastre.

Luego de ver por televisión las intervenciones de Correa, escucharlo hablar sobre su plan de gobierno, sobre sus simpatías políticas e ideológicas, su populismo irresponsable, su soberbia confundida, condimentada con un temible autoritarismo, creo sin duda que su triunfo sería una catástrofe aún peor que las que hemos estado acostumbrados hasta la fecha. Un error gravísimo del que tardaremos muchísimo tiempo en recuperarnos.

Al parecer, casi el 20% de los ecuatorianos se ha dejado caer nuevamente en el mismo y manoseado mito populista que ya vivimos con Lucio Gutiérrez: el mito del salvador “apolítico” que no pertenece a la “partidocracia eterna”, que hará funcionar a “correazos” la desordenada y corrupta sociedad ecuatoriana, recuperando nuestras riquezas que hoy pertenecen al enemigo extranjero, y gobernando para los que menos tienen en vez de hacerlo para los “mismos de siempre”; en definitiva, un paraíso de tintes populacheros, de un nacionalismo trasnochado y un radicalismo caduco, que nos espera a nosotros, el pueblo “humillado” y “engañado” luego de tantas mentiras de los políticos que nos han gobernado en el pasado.

Uno de los problemas de fondo, creo, es que los ecuatorianos nos contentamos con muy poco.  Uno de los argumentos más repetidos entre los simpatizantes de Correa es que él no pertenece a la partidocracia y que es un hombre honesto. Pues bien, quisiera decir un par de cosas en este aspecto. La primera es que el no pertenecer a los tradicionales partidos políticos en el Ecuador no es ninguna virtud en sí misma. Aunque corro el riesgo de decir una gran obviedad, es más o menos evidente que se puede ser igual de irresponsable o mentiroso sin haber pertenecido nunca a un partido político. La cosa, desde luego, no pasa por ahí. El segundo punto que quería desarrollar tiene que ver con el eterno discurso de la “corrupción” que infesta todas las campañas políticas en el Ecuador desde que tengo uso de razón. Es decir, es imposible negar que la “corrupción” en nuestro país es un problema serio que hay que intentar erradicar. El problema está en que no se puede tener la peregrina idea de que un presidente, por el mero hecho de ser honesto, va a terminar con la corrupción en el Ecuador. La corrupción no es una causa, sino una consecuencia de algunos elementos, unas instituciones, que no van bien en nuestra democracia. Por lo tanto, ésta no se elimina enseñando clases de civismo y valores en la escuelas, no se termina a “correazos” como plantean algunos, sino que es un proceso mucho más serio y planificado de lo que algunos de nuestros candidatos parecen pensar. No pongo en duda la honestidad de Correa. Realmente no pienso que haya sido un funcionario corrupto cuando se desempeñó como ministro. El punto es que la honestidad y la integridad son una base, unos requisitos obvios y mínimos que debe tener cualquier candidato a la presidencia, pero nunca pueden ser los elementos que definan absolutamente el valor de un candidato ni la razón de peso para definir el voto de un elector. No podemos contentarnos únicamente con que nuestro candidato sea honesto: hay que exigirle, sobre todo, un plan de trabajo serio y responsable. La corrupción se supera ahí y no en otro campo.

Por otro lado, el plan de Correa es verdaderamente de temer. Sus propuestas principales, contrariamente a lo que piensan algunos, no son nada nuevas. Ya Bucaram y Gutiérrez, en sus respectivas campañas políticas de primera vuelta, echaron mano de la vieja tentación populista, con su demagogia patriotera e irresponsable, de exacerbar histéricamente y arremeter contra la economía de mercado, el libre comercio, las empresas privadas, las inversiones, etc. Lo que pasó luego, en sus gobiernos, es de conocimiento público: una política sin ninguna dirección reconocible, llenas de mafias y favores infames. Correa esta vez, con un discurso menos enredado pero no menos irresponsable, utiliza la misma artimaña.

Es comprensible que en un país empobrecido como el Ecuador (donde los intentos modernizadores de privatizar y abrir nuestra economía han sido con frecuencia una simple cortina de humo para tráficos delictivos, monopolios cerrados y saqueos de los recursos públicos), la gente desesperada por el vertiginoso incremento de la pobreza vea un factor de redención en esas ideas que hoy ya nadie defiende.

Agrandar el tamaño del Estado, imponer una planificación burocrática en el sistema de creación de riqueza de un país, y satanizar a los tratados de libre comercio (que, dicho sea de paso, todo el mundo suscribe) y al mercado como responsables de todos los males que aquejan a la sociedad no tiene nada de novedoso. Es un antiquísimo recurso de políticos a los que nunca les ha ido bien. No hay ningún ejemplo reconocible de que esas ideas hayan producido riqueza en ningún país. Sobran, en cambio, los ejemplos de lo contrario, dos de los cuales son espejos cercanos en los que debemos reflejarnos: el caso de la primera presidencia de Alan García en el Perú (hoy arrepentido de su primer gobierno) y, por supuesto, el desgraciado caso del ídolo de Correa, Hugo Chávez. Este lleva ya casi una década en el poder sin que todavía veamos una mejoría siquiera remota de la situación venezolana: es más, los números nos hablan claramente de que la situación económica de aquel país es peor ahora que antes de Chávez y que los índices de pobreza y desempleo no han mejorado ni un ápice. Venezuela, según los indicadores económicos de la Comunidad Andina, es el segundo país con mayor tasa de desempleo en la región y, a pesar del engañoso crecimiento que registra producto del incremento en el precio del petróleo, es uno de los países menos competitivos del mundo, según el Foro Económico Mundial: ocupa el lugar 88 y, en América Latina, supera únicamente a Ecuador (90), Honduras (93), Nicaragua (95), Bolivia (97) y Paraguay (106).

Ambos casos, cuyo fracaso ya no se puede atribuir a las prácticas imperialistas estadounidenses (tanto el Perú de García como la Venezuela de Chávez negocian abiertamente con Estados Unidos y con los demás países del mundo), son bastante decidores de lo que nos espera si seguimos las ideas de Correa para el supuesto desarrollo de nuestro país.

Es notable que Correa haga suyo un programa populista que en el mundo ha caído en el más absoluto descrédito y que hoy casi nadie defiende –salvo demagogos como Chávez--, empezando por los partidos socialistas y socialdemócratas que lo promovieron en las décadas de los cincuenta y los sesenta y que ahora, por fortuna, reniegan de él. Porque una de las grandes ironías de la historia contemporánea es que hoy sean algunos gobiernos socialistas, como el de Tony Blair en el Reino Unido o el Bachelet en Chile, o el Tabaré Vásquez en Uruguay, los que aplican las más efectivas políticas económicas liberales en el mundo.

Salvo países como Cuba, Libia, Etiopía y Corea del Norte, nadie aplica ya la receta estatista, anti-inversión y anti-mercado. Casi todos los países en vías de desarrollo, algunos con entusiasmo y algunos a regañadientes, han adoptado, con resultados muy desiguales por lo demás, el único sistema que ha probado ser capaz de asegurar el crecimiento económico y la modernización. Es decir, sistemas abiertos, de economía de mercado e integración en el mundo, y de resuelto apoyo a la inversión extranjera, la empresa privada y la reducción del intervencionismo estatal.

Un triunfo de Correa, a estas alturas, sería nefasto para el Ecuador. Esperemos, con optimismo, que no se dé.
 
* El autor tiene maestría en Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Stanford y actualmente cursa un PhD en lo mismo en la Universidad de Harvard.
Last Updated on Friday, 06 October 2006 12:09
 
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