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Los ecuatorianos van a redactar una nueva Constitución. Los convoca
ansiosamente a la tarea el flamante presidente Rafael Correa, quien
tiene a su favor a la opinión pública. ¿Qué esperan de este cambio? Un
brusco giro hacia el socialismo, objetivo que comparten ocho de cada 10
personas en ese país. |
¿Cuál socialismo? Según leo en un buen artículo del politólogo Jaime
Durán, especialista en medir la conducta y las creencias de las
sociedades, el 80% de los que lo apoyan dice no saber lo que es el
socialismo (por eso lo apoyan). De ese universo, un 10% está convencido
de que ser socialista es ser una buena persona que, por ejemplo, “ayuda
a los ancianos a cruzar la calle”.
Los ecuatorianos, además,
esperan grandes prodigios de la constituyente. El 20% supone que
arreglará el problema del desempleo, el 18% que mejorará la seguridad
pública y un 9% que aumentará la calidad de la atención médica. Sólo
un 4% entiende que la constituyente es sólo una especie de enorme
comité que se reúne para redactar una nueva Constitución. Para la
mayoría una constitución no es un conjunto de principios y reglas sino
un recetario maravilloso que traerá la prosperidad colectiva.
Hay
una persona, en cambio, que espera sacar algo más de esta ceremonia:
Rafael Correa. Correa quiere más poder. Tal vez alguien plantee la
reelección prolongada o indefinida. ¿Por qué no, si lo decide el pueblo
soberano? Correa desea tener más controles en sus manos para cambiar la
realidad política y económica del país de acuerdo con sus ideas.
¿Cuáles? A juzgar por sus discursos y declaraciones, otra expresión de
la vasta e inquieta familia neopopulista, emparentada con Chávez, Evo
Morales, Daniel Ortega y Castro, a lo que en su caso se agrega un
peculiar matiz católico conservador.
Correa, en suma,
desconfía del mercado, de la empresa privada y de la democracia
representativa. Está convencido de que el Estado debe jugar un papel
rector en el desarrollo económico y planificar, dirigir y asignar
tareas sin soportar las críticas de la prensa, dado que ésta vive en
contubernio con el gran capital. También es un líder que no acepta las
virtudes de la arquitectura republicana. Esa estructura de poderes
independientes que se contrapesan y limitan la autoridad de los
gobernantes. Quiere una fórmula de gobierno rápida y sin obstáculos. Lo logrará. ¿Qué pasará a partir de ese momento? Sin duda, una cautelosa y creciente parálisis económica.
Algunos
capitales, sigilosamente, buscarán amparo en Panamá, Miami o Suiza,
donde corran menos riesgos. Se incrementarán el desempleo y la
emigración. La recaudación del Estado, lógicamente, disminuirá, de
manera que Correa deberá endeudarse en el exterior si quiere aumentar
el rol del gobierno, pero le será muy difícil lograrlo, fuera de los
casi exhaustos bolsillos de Hugo Chávez.
¿Cómo va a terminar
esta aventura? Lo terrible es que los ecuatorianos perderán
inútilmente una generación viajando hacia el pasado.
Fuente: Diario El Comercio.
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