¿Quiénes leen? ¿Para qué leen?

José Javier Villamarín

22/03/2019

“El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho” decía el gran Cervantes (2009, p. 185) en su obra maestra Don Quijote. Y frente a la duda no queda otro camino que volver sobre el tema que tanto dominaba al insigne hidalgo de causas inalcanzables. En política, regresar a la esencia es forzoso. Retomar los pasos de Aristóteles nos sale sobrando y mucho menos luego de una década de triste figura. La sustancia del pensamiento aristotélico se sitúa en su gran hallazgo como filósofo: “el hombre, por su naturaleza, es animal político”, un animal cívico, pues  “… como ya está dicho, la Naturaleza ninguna cosa  hace innecesaria, y, entre todos los animales, sólo el hombre tiene uso de razón y de lenguaje.” (La Política, pp. 15-16).

La contracara de la tesis aristotélica es la maquiavélica. Si Aristóteles enfatizó en el nexo de la política con la ética, Maquiavelo (2002, p. 77) revolucionó su ejercicio al deshumanizarla: “Sépase, pues, que hay dos modos de defenderse: el uno con las leyes, y el otro con la fuerza: el primero es propio y peculiar de los hombres, y el segundo común de las bestias. Cuando las leyes no alcanzan, es indispensable recurrir a la fuerza…” La oscuridad de Maquiavelo se ilumina así: “Cierto que es rey cuando rige a su albedrío; pero cuando gobierna conforme a las razones de la ciencia y en parte rige y en parte es regido, dicen que es gobernador de república”. (La Política, p. 11).

En El Príncipe la conservación del Estado superlativo es la clave de bóveda. Para conservar la conquista de un país de tradición liberal, propone su destrucción sin más (p. 32). La vida de los hombres es una materia de muy escasa entidad y el único dios que reconoce es el interés, de manera que la crueldad es preferible a la clemencia y por eso aconseja sobre todo a los usurpadores que no se arredren porque el mundo les llame crueles: “Algunos políticos disputan acerca de si es mejor que el príncipe sea más (sic) amado que temido, y yo pienso que de lo uno y de lo otro necesita. Pero, como no es fácil hacer sentir igual grado a los mismos hombres estos dos efectos, habiendo de escojer (sic) entre uno y otro, yo me inclinaría al último como preferencia”. Y confiesa: “No debe hacerse caso de la nota de crueldad, cuando se trata de contener al pueblo dentro de los límites de su deber…” (p. 73).

Aristóteles en La República (pp. 127-134-239) ya se había adelantado a esta ferocidad al decir que aunque la ley no es suficiente para hacer buenos y justos a los hombres, es un pacto “que sale fiador de unos por los otros en las cosas justas… Así, pues –continúa- “… las leyes han de estar bien determinadas y ser conformes a la manera del gobierno de la República, y, por tanto, han de ser justas las de las buenas repúblicas, e injustas las que sean malas… la ley no es otra cosa sino cierto orden, y el estar una República bien regida por leyes no es otra cosa que estar bien ordenada…”.

La lectura es cultivo, crecimiento interior que no tiene que ver con el amontonamiento de títulos. Incumbe, más bien, al respeto por uno mismo y por los demás. Pues bien, en tiempo de elecciones ¿quiénes leen, o deberían leer? Todos los ciudadanos. ¿Y para qué leen, o deberían leer? Para cultivarse, para conocer y votar; para no sentirse defraudados de la democracia, aunque en ocasiones decepcione. Se lee para interpretar los acontecimientos de nuestra época, en momentos en que “el servicio a la polis” solo queda membretado al vocablo “política”, el cual se ha pervertido y es asumido como el uso del poder, aunque en nombre del “bien común”, una maliciosa fusión entre Maquiavelo y Aristóteles.

Se lee para descifrar el lenguaje del político, para saber si reconoce el alcance limitado de sus capacidades o si se deja exceder por sus apetencias y las de su entorno. Se lee para no ser tratados tontamente por aquellos que ofrecen construir ciudades en el cielo; se lee en fin, para saber si el político está preparado y si goza de la suficiente agudeza para lidiar con las ineluctables rémoras de la política.   

(*) El autor es académico asociado del IEEP

Bibliografía

  • Aristóteles (s.f). La Política. Ediciones Nuestras Raza (Trad. Pedro Simón Abril). Madrid.
  • Maquiavelo, N. (2009). El Príncipe y El antimaquiavelo o Examen de El Príncipe. Barcelona: Ed. Styria de Ediciones y Publicaciones.
  • De Cervantes, M. (2002). Don Quijote de la Mancha, T. II. Biblioteca de la Literatura Universal. Ed. Sol 90.
Autor

Licenciado en Ciencias Públicas y Sociales y Doctor en Jurisprudencia y Abogado de la República, por la Universidad Central del Ecuador. Especialista en Negociaciones Comerciales Internacionales, por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Facultad de Ciencias Administrativas y Contables. Perito calificado en Propiedad Intelectual con reconocimiento ante el Consejo Nacional de la Judicatura (Ecuador). Ha cursado la Maestría en Integración y Cooperación Internacional, en el Centro de Estudios en Relaciones Internacionales de Rosario (CERIR-Argentina) y el Posgrado de Actualización en Propiedad Intelectual, en la Universidad de Buenos Aires, Facultad de Derecho (Argentina). Tiene varios Diplomados en Relaciones Internacionales y Derecho Económico Internacional.

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