La ciudad, la república y el populismo

18/04/2017
Alfonso Reece Dousdebés

En las últimas elecciones el candidato opositor ganó en las tres principales ciudades del país, Quito, Guayaquil y Cuenca, pero paradójicamente perdió en la sección rural de todos los cantones que engloban tales urbes y, en el caso de Guayas y Azuay, fue derrotado en el global de la provincia. Si analizamos las grandes ciudades en que no le fueron favorables, salvo el caso particular de Manabí, vemos que la votación urbana de Lasso, sin imponerse, es proporcionalmente muy superior a la que obtiene en el área rural. Incluso, en casos como Ibarra, Machala y la propia Santo Domingo de los Tsáchilas, vence en las parroquias urbanas más formalizadas. Señalemos, como excepción que confirma la regla, que en circunscripciones rurales con fuerte presencia del movimiento indígena, triunfó el candidato de CREO. De manera harto similar, el pasado noviembre, Donald Trump, un populista, perdió en 88 de las 100 más grandes ciudades de Estados Unidos.

Estas constataciones abonan en favor de la hipótesis que sostiene que el populismo es un fenómeno predominantemente rural. Y cuando ha tenido éxito en ciudades, caso frecuente, lo tuvo en grandes urbes, con grandes poblaciones aluviales, poco integradas en las tradiciones y estructuras comunitarias. Esta como cualquier afirmación sobre el populismo se complica por sus bordes difusos, por su diversidad. Prefiero una concepción amplia de populismo, que lo considere como una manifestación de una tendencia constante en la historia de las sociedades. Platón registra, sin denominarlo populismo claro está, lo llama democracia, al proceso mediante el cual un demagogo lisonjea a la plebe, que le permite constituirse en tirano. El populismo y otras manifestaciones análogas devienen forzosamente en dictadura, no hay excepciones, en el mejor de los casos se instala en un estado de tensiones y pugnas permanentes con las repúblicas, a las cuales pretende copar. Lo estamos viendo en Estados Unidos.

La república es hija de la ciudad, en la cual los ciudadanos (palabra literalmente precisa) tienen un alto grado de control sobre gobiernos limitados, nombrados por ellos mismos. Esto vale sobre todo para las urbes de tamaño medio y poco para las grandes aglomeraciones aluviales, para las grandes sedes imperiales, con poca organicidad comunitaria. Igual de ciudad (de la civis romana) vienen las enaltecedoras expresiones de civismo y cívico. La república floreció en Grecia, en Italia medieval, en Nueva Inglaterra, países de ciudades medianas. Los ciudadanos saben organizarse para construir el bien común, lo que comprende la edificación de infraestructura. La población no urbana, más dispersa, requiere de una gestión externa, que venga de otra parte a solucionar sus problemas. Sobre todo que “haga obra”. De allí la fascinación del paisano con el ladrillo, sobre todo si es usado en edificaciones monumentales, sobre cuya utilidad se cuestiona poco. Como tampoco se problematiza con el origen de los fondos con los que se erigen las pirámides megalomaniacas, piensa que se financian cobrando exacciones a los ricos que viven en las ciudades. La decidora expresión “que haga obra aunque robe”, bien podría complementarse con “que haga obra, aunque esta no sirva”. (O)

*Este artículo fue publicado originalmente en el Diario El Universo

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